Todas somos…

Volvemos, aunque nunca nos fuimos. Pero queremos que esta nueva etapa que inauguramos sea de asentamiento, consolidación y vuelo libre. De asentamiento porque, al igual que el feminismo o la lucha por la igualdad de las mujeres no es ninguna moda pasajera, La Giganta digital quiere quedarse en un panorama de medios de comunicación con mucho déficit de enfoque feminista. De consolidación, porque necesitamos que las mujeres y nuestras circunstancias sigan visibilizándose, más que nunca, en un momento a rebosar de negacionismos y más cerca de distopías de lo que querríamos admitir. Seguimos siendo un proyecto humilde, independiente, autogestionado y en construcción permanente, de ahí el vuelo libre. 

Son las historias reales las que importan, las que conectan, las que destapan los entresijos, las que pueden movilizar. El poder de la palabra que hacemos nuestro, para ayudar a poner orden en esta caos digital -y no digital- salvaje y brutal, donde está triunfando el ‘y tú más’, en vez del ‘todas somos…’. La Giganta digital enarbolamos ese ‘todas somos…’, siempre en busca de los que nos une en la diferencia. Seguimos queriendo inspirarnos, ser inspiración, con la puerta abierta. Gracias infinitas por estar ahí, seguid entrando…

 

 


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Pseudónimos y ‘pseudónimas’…

 

Cuando era pequeña leía todo lo que caía en mis manos. Literalmente, todo. Y no hacía ningún tipo de clasificación de si lo que leía era escrito por un hombre o una mujer. Me gustaba o no. Simplemente. Pero valoraba, seguramente de manera inconsciente, si eran protagonistas o heroínas las que estaban al frente del relato. Y, si era una escritora, me hacía pensar que yo, algún día, también podría imprimir mi nombre en un libro. Como nunca me canso de decir, lo que no se ve no existe. Pero lo que existe, en este caso que una mujer escriba, entretenga, cuente sus cuitas o venturas, provoca(ba) inspiración.

Os aseguro que, en aquel entonces, no entendía el por qué las mujeres, en muchos momentos de la historia, tenían que firmar a través de pseudónimos para que les publicaran. Fernán Caballero era la más conocida. Detrás estaba Cecilia Böhl de Faber… Hubiera pagado porque fuera mío. Pero digamos que comencé a pensar en la posibilidad de firmar de otra manera gracias a aquella escritora hispanoalemana, sin entender todavía muy bien la dimensión de renunciar a algo tan esencial como es el nombre propio. Y pensaba, pensaba en otras opciones detrás de las que poder esconderme en clandestinidad. Y todas ellas eran otros nombres… de mujer. Jamás se me ocurrió que tuviera que transmutarme, ni siquiera nominal o ficticiamente, en un señor.

Ahora que el nombre de Carmen está tan de moda, pienso en mis ‘Cármenes’ literarias de aquel momento. Carmen Martín Gaite o Carmen Laforet, fueron son y serán diosas del Olimpo literario de una España chamuscada de tantos golpes patrios. Ellas, con nombre propio, abrieron camino en muchos sentidos y tuvieron que renunciar a todo por no abandonar su esencia. ¿Había que divorciarse aunque el divorcio no fuera legal y tuvieran que luchar por la custodia de un hijo? Pues se hacía. ¿Había que olvidarse de tener marido en una sociedad machista, clasista y católica? Sea. ¿Había que soportar esa mirada y trato condescendiente de, pobres, “juegan a ser escritoras” cuando su lugar es en casa y a la sombra del marido? Pues hagámoslo.

Ana María Matute, Zenobia Camprubí (a la sombra del encumbrado Juan Ramón Jiménez) y tantas otras mujeres de posguerra que se diluyen entre los dedos del olvido eran mujeres sí, pero como maldijera Pío Baroja, a él no se le iba a vincular “a tontas ni a locas”.

Hay tantas, tantísimas mujeres a lo largo de la (mi) historia -Simone de Beauvoir, Irene Némirovsky, Alejandra Pizarnik, Silvia Plath…- con vidas titánicas y obras grandiosas ninguneadas por el mainstreaming de cada momento que, desde luego, me parece una broma escatológica, propia de esta, nuestra España, que tres señoros, con todo el derecho a inventar, difundir, publicar y esconderse por diversión detrás de un título, lo hayan hecho con un nombre de mujer. Y claro, Carmen Mola, otrora mujer de 48 años escondida de la luz porque qué pensarían las personas que la conocen de sus gustos macabros, ni en su esencia ficticia y prudente actúa como tal: “¿Hemos ganadado el Planeta? Pues, coño, aquí ya se acabó el misterio: henos aquí a tres guionistas que, con un nombre que mola, y mucho, os la hemos colado hasta el tuétano”. Y ahora que nadie proteste, porque quien ‘nos’ haya leído y repetido compró el invento…

La gran Virginia Wolf ya lo escribía: “En la mayor parte de la historia, Anónimo era una mujer”. Qué ironía que, en época de pospandemia y posverdad, ser mujer sea lo que mole… Para lo que conviene.

fatima@lagigantadigital.es

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Costureras

 

Nací entre costuras. Entre máquinas de coser, hilos, agujas y mujeres.

Mi vocabulario básico infantil incluía Singer, Alfa, pespunte, dobladillo, cremallera, tijeras, hilván, dedal, presilla, botón, patrón, Burda, retal, Ciudad de Londres, hilo, puntáfruncío

Toda mi clase sabía lo que era la Ciudad de Londres y era excusa para un chiste (‘hoy he estado en la ciudad de Londres’). Era una tienda que aún resiste en pleno centro de Sevilla y que era el sitio donde abuelas, madres e hijas iban a comprar tela para cortinas, un vestido, una ropa de estufa o lo que se terciara. Las telas y retales se exponían sobre madera, aún se exponen. Los dependientes sabían de telas y de costura, te aconsejaban, impecables. 

Ya no se usa mucho la palabra costurera. En realidad, a mi madre nunca le oí referirse a sí misma como tal, aunque haya hecho lo que se dice que hacen las costureras: coser y confeccionar, o arreglar, ropa blanca y prendas de vestir. Mi madre, además de trabajar fuera de casa en un almacén, siempre ha cosido pa la calle, que es como se dice aquí. Como cosía sin patrones, le gustaba más la palabra modista, como me dijo una vez, sabedora de que este último término se lleva toda la gloria. Porque el trabajo de costurera es eso, trabajo invisible, tenaz, esforzado, que acaba con dolores crónicos y la vista cansada más de la cuenta. Y mal pagado, acaso porque se heredaba de madres a hijas y era cosa de mujeres. No como los modistos, que son diseñadores ellos y nos visten de mamarrachas de alta costura.

Mi abuela sabía coser y tenía una Singer manual de estas que acaban en un bar retro. Mi madre se compró una Alfamatic profesional, con el pedal electrónico, que aún usa. Las niñas debían aprender cosas útiles para ahorrar dinero y, si hiciera falta, que la hacía tarde o temprano, te podías dedicar a ello, a coser pa la calle, como un complemento, al sueldo del padre o al otro sueldo de la madre, en todo caso no se le llamaba profesión ni oficio. A mí me tiraban más los libros, las revistas de moda, los recortables y los dibujos que la aguja y el hilo, a pesar de que mi madre decía que ‘tenía idea’.

Los años han ido corriendo, han ido cerrando tiendas de telas a la par que han ido abriendo más y más tiendas de multinacionales del textil. Los trajes hechos a medida han quedado para minorías pudientes. El paisaje de la moda es homogéneo, uniforme, barato, cutre. Quienes hacen tal avalancha de prendas ya no son costureras, sino trabajadoras del textil, diría que esclavas, la mayoría en países empobrecidos. 

Mi madre sigue cosiendo y haciendo arreglos, ya jubilada de su otro trabajo, por el puro gusto de coser. Yo me asombro de que haya aún alguien que prefiera arreglar una prenda, antes que tirarla y comprarse otra nueva. Como diría H. Menkell, el mundo se fue a la mierda cuando dejamos de remendar los calcetines.

juana@lagigantadigital.es

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