Todas somos…

Volvemos, aunque nunca nos fuimos. Pero queremos que esta nueva etapa que inauguramos sea de asentamiento, consolidación y vuelo libre. De asentamiento porque, al igual que el feminismo o la lucha por la igualdad de las mujeres no es ninguna moda pasajera, La Giganta digital quiere quedarse en un panorama de medios de comunicación con mucho déficit de enfoque feminista. De consolidación, porque necesitamos que las mujeres y nuestras circunstancias sigan visibilizándose, más que nunca, en un momento a rebosar de negacionismos y más cerca de distopías de lo que querríamos admitir. Seguimos siendo un proyecto humilde, independiente, autogestionado y en construcción permanente, de ahí el vuelo libre. 

Son las historias reales las que importan, las que conectan, las que destapan los entresijos, las que pueden movilizar. El poder de la palabra que hacemos nuestro, para ayudar a poner orden en esta caos digital -y no digital- salvaje y brutal, donde está triunfando el ‘y tú más’, en vez del ‘todas somos…’. La Giganta digital enarbolamos ese ‘todas somos…’, siempre en busca de los que nos une en la diferencia. Seguimos queriendo inspirarnos, ser inspiración, con la puerta abierta. Gracias infinitas por estar ahí, seguid entrando…

 

 


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Chocolate, uno de mis grandes amores

 

En España no siempre fue tan delicioso, ni aderezado con azúcar, miel o leche. El cacao, de hecho, no llega a nuestro país hasta 1534 y, a Europa, hasta el siglo XVII, cuando la casa de Austria casó a Ana de Austria con el Borbón Luis XIII (conde de Barcelona). Fue entonces que se introdujo el chocolate en la corte francesa, superando así el secretismo de la receta que solo conocía hasta ese momento el clero español, que utilizaba el brebaje para superar ayunos y recuperar energía.

Desde una Améríca “recién descubierta”, Fray Jerónimo de Aguilar -intérprete de la lengua maya de Cortés- mandó el primer cargamento de estas semillas y su receta al aragonés Antonio de Álvaro, abad del Monasterio de Piedra, quien supo hacer buen eso del nuevo ingrediente. El propio explorador español, Hernán Cortés, escribía al respecto: «Cuando uno lo sorbe [se refería ya al chocolate], puede viajar toda una jornada sin cansarse y sin tener necesidad de alimentarse».

No fue, por tanto, en sus comienzos, objeto de deseo, sino alimento versátil que reescribía el día de quien lo tomara, dándole el impulso necesario para ayudarle a superar la jornada. Pero, como muchas cosas, poco a poco, dio un giro a la historia, pasando a ser símbolo de poder y prestigio ya que no cualquiera podía disfrutar del preciado líquido oscuro, ni siempre estaba al alcance de todos.

Y ahí es cuando comienza un proceso inevitable: al no tener acceso a algo, es cuando se desea fervientemente.

Mi infancia no puedo decir que estuviera carente de chocolate. Mi madre, que fue mantecaera durante muchos años, me traía siempre uno o dos mantecaditos a la noche (de chocolate, por supuesto), cuando llegaba después de un día completo trabajando. Volvía a verla, me traía un “regalito” y era feliz. Desde la psicología conductista seguro que se explica mi gran amor por el chocolate que desde entonces profeso. Chocolate igual a felicidad.

El proceso de todo alimento en la historia ha evolucionado y el chocolate, como no podía ser de otra forma, ha sido uno de los productos que más han cambiado en estos siglos en sus usos. Hoy te impregnan incluso el cuerpo para que el mismo (y no el paladar) aproveche sus cualidades, que también son muchas.

Pienso en Hernán Cortés, en Fray Jerónimo, en el abad Antonio de Álvaro y en aquellas mujeres de misa, aristócratas, faltaría más, que intentaron incluir dentro de las iglesias el nuevo brebaje para combatir el frío invernal y hacer más llevaderos los sermones… Y pienso en mi madre y en su sonrisa cuando se sacaba del bolsillo mis dos mantecaditos oscuritos. Y pienso en mí… Y no puedo menos que pensar, por último, que bien merece esta gran pensada el Día Internacional del Chocolate. Cierro los ojos… y va por vosotrxs.

fatima@lagigantadigital.es

 


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Terrorismo machista

 

Muchas nunca lo dudamos, y lo hemos gritado, que la violencia machista sea una forma de terrorismo. Ahora el Parlamento Europeo la tipifica como ‘eurodelito’ y la equipara al propio terrorismo, la corrupción, la explotación sexual y el tráfico de drogas, que son los ‘eurodelitos’ incluidos hasta el momento. Reúne los tres requisitos: es un delito de especial gravedad, tiene dimensión transfronteriza y debe ser cometida con criterios comunes. Nunca es tarde si la dicha es buena, aunque han tenido que pasar años para que la violencia machista se vea en Europa al mismo nivel que los otros delitos. Y aún así, ha habido votos en contra, los previsibles, y abstenciones, entre ellas las peperas, mira por dónde consideran que no es para tanto, eso de que nos maten, vaya, lo normal.

De todas formas, se trata de un primer paso en forma de resolución y no de una ley propiamente dicha, que al parecer sería el objetivo próximo. Una directiva específica establecería los resultados que deberían conseguirse en cada uno de los Estados miembros, pero dejan que los Gobiernos nacionales sean los que decidan sobre cómo adaptar sus legislaciones para ello. Eso sí, hay fecha límite para hacerlo.

Una resolución sin medidas se quedaría en papel mojado. Si, como reconoce el Parlamento europeo, “la violencia de género es una violación grave de los derechos humanos y de la dignidad que puede adoptar la forma de violencia psicológica, física, sexual y económica, e incluye, entre otras cosas, el feminicidio, la violencia en el marco de la pareja o empareja, el acoso sexual, la ciberviolenciaa, el hostigamiento, la violación, el matrimonio precoz y forzado, la mutilación genital femenina, el aborto forzado o los llamados crímenes de honor”, entonces necesitamos medidas concretas, con cargo a los presupuestos, para prevenir y proteger a las millones de mujeres que sufren violencia machista en toda Europa. Medidas concretas, presupuestadas, también para dar apoyo y protección a las víctimas.

Así que ya están tardando. Porque mientras sus señorías se ponen de acuerdo, un tercio de las mujeres de la UE somos víctimas de violencia física o sexual, y un 75 por ciento acosadas en el trabajo. No basta un minuto de silencio, y a veces ni eso, para llorar por la media de 50 mujeres asesinadas cada semana por sus parejas o ex. Por no hablar de los pasos atrás, como está dando Polonia. Y aún hay seis Estados miembros que no han ratificado el Convenio de Estambul: Bulgaria, Chequia, Eslovaquia, Letonia, Lituania y Hungría.

En España, 1.112 mujeres han sido asesinadas por hombres desde el 1 de enero de 2003, 35 en lo que va de año. Tienen nombre y apellidos y no son estadísticas. Pero parece que no merecen ninguna reunión de urgencia por parte del Gobierno, entretenido con otras medidas estrelladas. Mientras, la ofensiva negacionista se recrudece y se normaliza lo que es a todas luces feminicidio. Hay mucho cómplice en esto del terrorismo. 

 

juana@lagigantadigital.es